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lunes, 15 de junio de 2015
domingo, 15 de marzo de 2015
Ejemplos de Focos
(Fragmentos tomados de Juego de Tronos, George R. Martin)
TYRION
En algún punto del gran laberinto de piedra que era Invernalia, un lobo aullaba. El sonido ondeaba en el castillo como una bandera de luto.
Tyrion Lannister alzó la vista de los libros y se estremeció, aunque la biblioteca era cálida y acogedora. El aullido de un lobo tenía una cualidad que arrancaba al hombre de su lugar y su tiempo, y lo abandonaba en un bosque oscuro de la mente, corriendo desnudo ante la manada.
El lobo aulló de nuevo, y Tyrion cerró el pesado libro con cubiertas de cuero que había estado leyendo, un tratado de hacía un siglo acerca del cambio de las estaciones, escrito por un maestre que llevaba mucho tiempo muerto. Ocultó un bostezo con el dorso de la mano. La lamparilla parpadeaba, estaba a punto de quedarse sin aceite, y la luz del amanecer empezaba a filtrarse por las altas ventanas. Se había pasado la noche leyendo, pero no era ninguna novedad. Tyrion Lannister no era de los que necesitan mucho sueño.
Al bajarse del banco se dio cuenta de que tenía las piernas rígidas y doloridas. Se las masajeó para activar la circulación, y cojeó hacia la mesa sobre la que el septon roncaba suavemente con la cabeza apoyada en el libro abierto ante él. Tyrion leyó el título. Una biografía del Gran Maestre Aethelmure, aquello lo explicaba todo.
—Chayle —llamó con suavidad.
El joven alzó la cabeza bruscamente y parpadeó, confuso. Llevaba una cadena de plata en el cuello de la que colgaba el cristal de su orden.
—Voy a ver qué desayuno. Encárgate de volver a poner los libros en los estantes. Ten cuidado con los pergaminos valyrianos, están muy secos. El Máquinas de guerra de Ayrmidon es muy poco común, tienes el único ejemplar completo que he visto en mi vida.
Chayle, todavía medio dormido, lo miró con asombro. Tyrion le repitió las instrucciones pacientemente, dio una palmadita en el hombro al septon y lo dejó dedicado a sus quehaceres.
DAENERYS
Dany jamás se había sentido tan sola como
allí, sentada en medio de aquella vasta horda. Su hermano le había ordenado que
sonriera, así que sonrió hasta que le dolieron los músculos de la cara y las
lágrimas le asomaron a los ojos. Hizo todo lo posible por ocultarlas, porque
sabía lo mucho que se enfadaría Viserys si la veía llorar, y también porque la
aterraba la posible reacción de Khal Drogo. Los esclavos ponían ante ella
trozos de carne humeante, gruesas salchichas asadas y empanadas dothrakis de
morcilla, y más tarde frutas, compota de hierbadulce y delicados pastelillos de
las cocinas de Pentos, pero ella lo rechazaba todo. Tenía el estómago del
revés, y sabía que no podría retener nada.
No tenía con quién hablar. Khal Drogo gritaba
órdenes y chanzas a sus jinetes de sangre, y se reía con sus respuestas, pero apenas
si miraba a Dany. No tenían un idioma común. Ella no entendía ni una palabra de
dothraki, y el khal apenas
sabía unas cuantas palabras del desvirtuado valyriano de las Ciudades Libres y
ninguna de la lengua común de los Siete Reinos. Hasta habría agradecido la
posibilidad de conversar con Illyrio y con su hermano, pero estaban demasiado
abajo para oírla.
Así que permaneció allí sentada, con sus
ropajes de seda, con una copa de vino endulzado con miel en las manos, sin
atreverse a comer nada, hablando consigo misma.
—Soy de la sangre del dragón —se decía—. Soy
Daenerys de la Tormenta, de la sangre y la semilla de Aegon el Conquistador.
EDDARD
EDDARD
El rey soltó una carcajada que sonó como un
rugido. El ruido sobresaltó a una bandada de cuervos, que salieron volando de
entre la hierba y batieron las alas en el aire, enloquecidos.
—¿Crees que debo desconfiar de Lannister
porque se sentó un rato en mi trono? —Las carcajadas sacudían su cuerpo—. Jaime
tenía diecisiete años, Ned, era poco más que un niño.
—Niño u hombre, no tenía derecho a ese trono.
—Puede que estuviera cansado —sugirió Robert—.
Matar reyes es un trabajo agotador. Y bien saben los dioses que en esa maldita
sala no hay otro sitio donde poner el culo. Y por cierto, te dijo la verdad, es
una silla incomodísima. En más de un sentido. —El rey sacudió la cabeza—.
Bueno, ahora que ya conozco el terrible pecado de Jaime, podemos olvidarnos de
este asunto. Estoy harto de secretos, de trifulcas y de asuntos de estado, Ned.
Es tan aburrido como contar calderilla. Venga, vamos a cabalgar, que en los
viejos tiempos lo hacías bien. Quiero volver a sentir el viento en el rostro.
Espoleó a su caballo y emprendió el galope
sobre el túmulo, dejando a su espalda una lluvia de tierra.
Durante un momento Ned no lo siguió. Se había
quedado sin palabras, y lo invadía una sensación abrumadora de impotencia. Se
preguntó, no por primera vez, qué hacía allí, por qué había llegado hasta donde
estaba. Él no era un Jon Arryn, dispuesto a reprimir las locuras de su rey y a
inculcarle sabiduría. Robert haría lo que le viniera en gana, como había hecho
siempre, y nada que Ned dijera o hiciera tendría importancia. Su lugar estaba
en Invernalia. Su lugar estaba con Catelyn en aquel momento de dolor, y con
Bran.
Pero no siempre era posible estar en el lugar
que le correspondía a cada uno, meditó. Eddard Stark, resignado, espoleó a su
caballo y emprendió la marcha en pos del rey.
sábado, 28 de febrero de 2015
EJEMPLOS MONÓLOGOS
CRIMEN Y CASTIGO de Fiódor Dostoyevski (Parte V)
La mente de Raskolnikof era un hervidero de ideas. El joven estaba furioso.
«Lo más importante es que ni disimulan ni se andan con rodeos. ¿Por qué, sin
conocerme, has hablado de mí con Nikodim Fomitch, Porfirio Petrovitch? Esto
demuestra que no ocultan que me siguen la pista como una jauría de sabuesos. Me están
escupiendo en plena cara.»
Y al pensar esto, temblaba de cólera.
«Pero llevad cuidado y no pretendáis jugar conmigo como el gato con el ratón. Esto no
es noble, Porfirio Petrovitch, y yo no lo puedo permitir. Si seguís así, me levantaré y os
arrojaré a la cara toda la verdad. Entonces veréis hasta qué punto os desprecio.»
Respiraba penosamente.
«¿Pero y si me equivoco y todo esto no son más que figuraciones mías? Podría ser todo
un espejismo, podría haber interpretado mal las cosas a causa de mi ignorancia. ¿Es que
no voy a ser capaz de mantener mi bajo papel? Tal vez no tienen ninguna intención
oculta... Las cosas que dicen son perfectamente normales... Sin embargo, se percibe tras
ellas algo que... Cualquiera podría expresarse como ellos, pero sin duda bajo sus
palabras se oculta una segunda intención... ¿Por qué Porfirio no ha nombrado
francamente a la vieja? ¿Por qué Zamiotof ha dicho que yo me había expresado como
un hombre "prudente"? ¿Y a qué viene ese tono en que hablan? Sí, ese tono...
Rasumikhine lo ha presenciado todo. ¿Por qué, pues, no le ha sorprendido nada de eso?
Ese majadero no se da cuenta de nada... Vuelvo a sentir fiebre... ¿Me habrá guiñado el
ojo Porfirio o habrá sido simplemente un tic? Sin duda, sería absurdo que me lo hubiera
guiñado... ¿A santo de qué? ¿Quieren exasperarme...? ¿Me desprecian...? ¿Son
suposiciones mías...? ¿Lo saben todo...? Zamiotof se muestra insolente... ¿No me
equivocaré...? Debe de haber reflexionado durante la noche. Yo presentía que estaría
aquí... Está en esta casa como en la suya. ¿Puede ser la primera vez que viene? Además,
Porfirio no le trata como a un extraño, puesto que le vuelve la espalda. Están de
acuerdo; sí, están de acuerdo sobre mí. Y lo más probable es que hayan hablado de mí
antes de nuestra llegada... ¿Sabrán algo de mi visita a las habitaciones de la vieja? Es
preciso averiguarlo cuanto antes. Cuando he dicho que había salido para alquilar una
habitación, Porfirio no ha dado muestras de enterarse... He hecho muy bien en decir
esto... Puede serme útil... Dirán que es una crisis de delirio... ¡Ja, ja, ja...! Ese Porfirio
está al corriente con todo detalle de mis pasos en la tarde de ayer, pero ignoraba que
había llegado mi madre... Esa bruja había anotado en el envoltorio la fecha del
empeño... Pero se equivocan ustedes si creen que pueden manejarme a su antojo:
ustedes no tienen pruebas, sino sólo vagas conjeturas. ¡Preséntenme hechos! Mi visita a
casa de la vieja no prueba nada, pues es una consecuencia del estado de delirio en que
me hallaba. Así lo diré si llega el caso... Pero ¿saben que estuve en esa casa? No me
marcharé de aquí hasta que me entere... ¿Para qué habré venido...? Pero ya me estoy
sulfurando: esto salta a la vista... Es evidente que tengo los nervios de punta... Pero tal
vez esto sea lo mejor... Así puedo seguir desempeñando mi papel de enfermo... Ese
hombre quiere irritarme, desconcertarme... ¿Por qué habré venido?»
Todos estos pensamientos atravesaron la mente de Raskolnikof con velocidad cósmica.
Porfirio Petrovitch llegó momentos después. Parecía de mejor humor.
EL PALACIO DE LAS BLANQUÍSIMAS MOFETAS de Reinaldo Arenas:
Ya está la vieja llamándome. Ya está tratando de buscar lamanera de incomodarme.
Desgraciada. Qué madre me he sacado. Para mí que me persigue. Sí, me persigue. Si
voy a la cocina se mequeda mirándome, como un perro mira a una persona que
estácomiendo. Y enseguida me entra una incomodidad que me dan ganas de tirarle el caldero a la cabeza. Si entro en el cuarto me pregunta qué quiero, que si se me ha perdido algo. Me lo preguntaasí, como si fuera una gatica que no quiere hacer daño. Vieja c…, como si yo no tuviera con lo que tengo para soportar, de ñapa, queme vigilen. ¿Es que piensan que me voy a ir con un hombre?Ojalá. Pero no sé quién va a cargar conmigo, si ya estoy que ni elamolador de tijeras me piropea; y antes, por cierto, hasta mesacaba conversación y todo. Aunque primero muerta que casadacon el
amolador de tijeras. Pero, en fin, el caso es que ya nisiquiera me mira. Y el vendedor de helados hace un siglo que ni pasa por aquí. Ése era otro de mis pretendientes…
ULISES de James Joyce
…y aquellos hombres imprecisos en sus capas dormidos a la sombra en los escalones y
las grandes ruedas de las carretas de bueyes el viejo castillo con miles de años sí y
aquellos guapos moros todos de blanco y con turbantes como reyes invitándote a que te
sentaras en sus pequeñas tiendas y Ronda con las viejas ventanas de las posadas 2 ojos
que miran una celosía oculta para que el amante bese la reja y los ventorrillos medio
abiertos por la noche y las castañuelas y la noche que perdimos el barco en Algeciras y
el sereno de un sitio para otro sereno con su farol y O aquel abismal torrente O y el mar
el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los
jardines de la Alameda sí y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de
azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el
Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa
en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me
besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le
pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí
decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté
contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado
y sí dije sí quiero Sí.
TIEMPO DE SILENCIO de Luis Martín Santos
Solo aquí, qué bien, me parece que estoy encima de todo. No me puede pasar
nada. Yo soy el que paso. Vivo. Vivo. Fuera de tantas preocupaciones, fuera del
dinero que tenía que ganar, fuera de la mujer con la que me tenía que casar,
fuera de la clientela que tenía que conquistar, fuera de los amigos que me tenían
que estimar, fuera del placer que tenía que perseguir, fuera del alcohol que tenía
que beber. Si estuvieras así. Manténte ahí. Ahí tienes que estar. Tengo que estar
aquí, en esta altura, viendo cómo estoy solo, pero así, en lo alto, mejor que antes,
más tranquilo, mucho más tranquilo. No caigas. No tengo que caer. Estoy así
bien, tranquilo, no me puede pasar nada, porque lo más que me puede para es
seguir así, estando donde quiero estar, tranquilo, viendo todo, tranquilo, estoy
bien, estoy bien, estoy muy bien así, no tengo nada que desear.
¿Por qué fui?
No pensar. No hay por qué pensar en lo que ya está hecho. Es inútil intentar
recorrer otra vez los errores que uno ha cometido. Todos los hombres cometen
errores. Todos los hombres se equivocan. Todos los hombres buscan su
perdición por un camino complicado o sencillo. Dibujar la sirena con la mancha
de la pared. La pared parece una sirena. Tiene la cabellera caída por la espalda.
Con un hierrito del cordón del zapato que se le ha caído a alguien al que no
quitaron los cordones, se puede rascar la pared e ir dando forma al dibujo
sugerido por la mancha. Siempre he sido mal dibujante. Tiene una cola corta de
pescado pequeño. No es una sirena corriente. Desde aquí, tumbado, la sirena
puede mirarme. Estás bien, estás bien. No te puede pasar nada porque tú no has
hecho nada. No te puede pasar nada. Se tienen que dar cuenta de que tú no has
hecho nada. Está claro que tú no has hecho nada.
¿Por qué tuviste que beber tanto aquella noche?¿Por qué tuviste que hacerlo
borracho, completamente borracho? Está prohibido conducir borracho y tú... tú...
No pienses. Estás aquí bien. Todo da igual; aquí estás tranquilo, tranquilo,
tranquilizándote poco a poco. Es una aventura. Tu experiencia se amplía. Ahora
sabes más que antes. Sabrás mucho más de todo que antes, sabrás lo que han
sentido otros, lo que es estar ahí abajo donde tú sabías que había otros y nunca te
lo podías imaginar. Tú enriqueces tu experiencia. Llegas a conocer mejor lo que
eres, de lo que eres capaz. Si realmente eres un miedoso, si te aterrorizas. Si te
pueden. Lo que es el miedo. Lo que es el hombre sigue siendo desde detrás del
miedo, desde debajo del miedo, al otro lado de la frontera del miedo. Que eres
capaz de vivir tranquilo todavía, de estar aquí serenamente. Si estás aquí
serenamente no es un fracaso. Triunfas del miedo. (...). Decir: quiero, sí, quiero
sí, quiero, quiero, quiero estar aquí porque quiero lo que ocurre, quiero lo que es,
quiero de verdad, quiero, sinceramente quiero, está bien así. "¿Qué es lo que
pide todo placer? Pide profunda, profunda eternidad."
Tú no la mataste. Estaba muerta. No estaba muerta. Tú la mataste. ¿Por qué
dices tú? - Yo.
Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la
mataste. Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no la maté. Ya
estaba muerta. Yo no fui. No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en
nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me
quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada.
Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada.
Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de
hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora.
Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada
día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más
larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo
puede impedir.
Otro monólogo de Tiempo de silencio:
Si no encuentro un taxi no llego. ¿Quién sería el Príncipe Pío? Príncipe, príncipe, del
fin, principio del mal. Ya estoy en el principio, ya acabó, he acabado y me voy. Voy a
principiar otra cosa. No puedo acabar lo que había principiado. ¡Taxi! ¿Qué más da? El
que me vea así. Bueno, a mí qué. Matías, qué Matías ni qué. Como voy a encontrar taxi.
No hay verdaderos amigos. Adiós amigos. Adiós amigos. ¡Taxi! Por fin. A príncipe Pío.
Por ahí empecé también. Llegué por Príncipe Pío, me voy por Príncipe Pío. Llegué solo,
me voy solo. Llegué sin dinero, me voy sin… ¡Qué bonito día, qué cielo más hermoso!
No hace frío todavía. ¡Esa mujer! Parece como si hubiera sido, por un momento, estoy
obsesionado. Claro está que ella está igual que la otra también. Por qué será, cómo será
que yo ahora no sepa distinguir entre la una y la otra muertas, puestas una encima de la
otra en el mismo agujero: también a ésta autopsia. ¿Qué querrán saber? Tanta autopsia;
para qué, si no ven nada. No saben para qué las abren: un mito, una superstición, una
recolección de cadáveres, creen que tienen una virtud dentro, animistas, están buscando
un secreto y en cambio no dejan que busquemos los que podíamos encontrar algo, pero
qué va, para qué, tiene razón, no estoy dotado. La impresión que me hizo. Siempre
pensando en las mujeres. Si yo me hubiera dedicado sólo a las ratas. ¿Pero qué iba a
hacer yo? ¿Qué tenía que hacer yo? (…) Florita, la desnuda Florita en la chabola,
florecita pequeña, pequeñita, pequeñita, florecilla le dio la vieja, florecita la segunda
que… ajjj… Me voy, lo pasaré bien. Diagnosticar pleuritis, peritonitis, soplos, cólicos,
fiebres gástricas y un día el suicidio con veronal de la maestra soltera. Las muchachas el
día de la fiesta, delante de la procesión, detrás del palio, rojas, carrilludas, mofletudas,
mirando de lado hacia donde estoy asqueado de verlas pasar, mirando sus piernas,
sentado en el casino con dos, cinco, siete, catorce señores que juegan al ajedrez y me
estiman mucho por mi superioridad intelectual y mi elevado nivel mental. Ya está,
Príncipe Pío. Sí, por arriba. Luego se baja en un ascensor gratis con un tornillo por
debajo que parece que le están dando… Comprar un megret para el tren, hace tiempo
que no leo policíacas, a mí policíacas.
domingo, 17 de agosto de 2014
Ejemplos de Anáfora
Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide,vi un laberinto roto […]
(Del cuento "el Aleph de Jorge Luis Borges. Nota: la frase completa es mucho más larga —414 palabras— y todo el tiempo va repitiendo “vi”.)
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un auto azul al sesgo del camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después, hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
(Del cuento “Matar a un niño”, de Stig Dagerman)
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidado le ofrece;
sueña el pobre que padece,
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende(...)
(Calderón de la Barca, de La vida es sueño)
Y las palabras que pudieron articular fueron: detenga de inmediato el taxi que nos bajamos. O
bien: detenga su asqueroso vehículo que nosotros preferimos apearnos. Cosa que el paquistaní
hizo sin demora, accionando, al tiempo que aparcaba, el taxímetro, y anunciando a sus clientes
lo que éstos le adeudaban. Acto consumado o última escena o último saludo que Norton y
Pelletier, tal vez aún paralizados por la injuriosa sorpresa, no consideraron anormal, pero que
rebalsó, y con creces, el vaso de la paciencia de Espinoza, el cual, al tiempo que bajaba, abrió
la puerta delantera del taxi y extrajo violentamente de éste a su conductor, quien no esperaba
una reacción así de un caballero tan bien vestido. Menos aún esperaba la lluvia de patadas
ibéricas que empezó a caerle encima, patadas que primero sólo le daba Espinoza, pero que
luego, tras cansarse éste, le propinó Pelletier, pese a los gritos de Norton que intentaba
disuadirlos, las palabras de Norton que con la violencia no se arreglaba nada, que, por el
contrario, este paquistaní después de la paliza iba a odiar aún más a los ingleses, algo que por
lo visto traía sin cuidado a Pelletier, que no era inglés, menos aún a Espinoza, los cuales, sin
embargo, al tiempo que pateaban el cuerpo del paquistaní, lo insultaban en inglés, sin
importarles en lo más mínimo que el asiático estuviera caído, hecho un ovillo en el suelo,
patada va y patada viene, métete el islam por el culo, allí es donde debe estar, esta patada es
por Salman Rushdie (un autor que ambos, por otra parte, consideraban más bien malo, pero
cuya mención les pareció pertinente), esta patada es de parte de las feministas de París (parad
de una puta vez, les gritaba Norton), esta patada es de parte de las feministas de Nueva York
(lo vais a matar, les gritaba Norton), esta patada es de parte del fantasma de Valerie Solanas,
hijo de mala madre, y así, hasta dejarlo inconsciente y sangrando por todos los orificios de la
cabeza, menos por los ojos.
Cuando cesaron de patearlo permanecieron unos segundos sumidos en la quietud más extraña
de sus vidas. Era como si, por fin, hubieran hecho el ménage à trois con el que tanto habían fantaseado
(Roberto Bolaño-2666)
"Pero el amor, esa...
...palabra...Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero
(Julio Cortázar- Rayuela).
que más cuidado le ofrece;
sueña el pobre que padece,
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende(...)
(Calderón de la Barca, de La vida es sueño)
Y las palabras que pudieron articular fueron: detenga de inmediato el taxi que nos bajamos. O
bien: detenga su asqueroso vehículo que nosotros preferimos apearnos. Cosa que el paquistaní
hizo sin demora, accionando, al tiempo que aparcaba, el taxímetro, y anunciando a sus clientes
lo que éstos le adeudaban. Acto consumado o última escena o último saludo que Norton y
Pelletier, tal vez aún paralizados por la injuriosa sorpresa, no consideraron anormal, pero que
rebalsó, y con creces, el vaso de la paciencia de Espinoza, el cual, al tiempo que bajaba, abrió
la puerta delantera del taxi y extrajo violentamente de éste a su conductor, quien no esperaba
una reacción así de un caballero tan bien vestido. Menos aún esperaba la lluvia de patadas
ibéricas que empezó a caerle encima, patadas que primero sólo le daba Espinoza, pero que
luego, tras cansarse éste, le propinó Pelletier, pese a los gritos de Norton que intentaba
disuadirlos, las palabras de Norton que con la violencia no se arreglaba nada, que, por el
contrario, este paquistaní después de la paliza iba a odiar aún más a los ingleses, algo que por
lo visto traía sin cuidado a Pelletier, que no era inglés, menos aún a Espinoza, los cuales, sin
embargo, al tiempo que pateaban el cuerpo del paquistaní, lo insultaban en inglés, sin
importarles en lo más mínimo que el asiático estuviera caído, hecho un ovillo en el suelo,
patada va y patada viene, métete el islam por el culo, allí es donde debe estar, esta patada es
por Salman Rushdie (un autor que ambos, por otra parte, consideraban más bien malo, pero
cuya mención les pareció pertinente), esta patada es de parte de las feministas de París (parad
de una puta vez, les gritaba Norton), esta patada es de parte de las feministas de Nueva York
(lo vais a matar, les gritaba Norton), esta patada es de parte del fantasma de Valerie Solanas,
hijo de mala madre, y así, hasta dejarlo inconsciente y sangrando por todos los orificios de la
cabeza, menos por los ojos.
Cuando cesaron de patearlo permanecieron unos segundos sumidos en la quietud más extraña
de sus vidas. Era como si, por fin, hubieran hecho el ménage à trois con el que tanto habían fantaseado
(Roberto Bolaño-2666)
"Pero el amor, esa...
...palabra...Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero
(Julio Cortázar- Rayuela).
viernes, 2 de mayo de 2014
Ejemplos de Narradores
NARRADOR HOMODIEGÉTICO PROTAGONISTA:
Yo me creo capaz de capear un temporal, de inyectar cianuro y de lidiar un sida, pero un sida con Loca no. Esa combinación no la maneja, como dicen en Colombia, «ni el Putas». «El Putas» sería el que fuera capaz y yo no soy. El Putas no existe pues, y si no que venga a probarlo en esta casa.
Yo bajaba y subía y bajaba y subía por esa escalera empinada de atrás de que les he hablado, donde unas veces abajo, otras arriba, se instalaba la Muerte a cagarse de risa viéndome bajar sábanas sucias que lavaba en la lavadora, que tendía al sol a secarse, y que volvía a subir para que la imparable diarrea del enfermo las volviera a ensuciar. Y el Papa, que es tan bueno, tan útil, tan santo, ¿dónde está que no viene a ayudar? Y maldecía del zángano impostor y su madre. Las carcajadas de la Muerte, pese al tiempo transcurrido, aún me retumban en los tres huesitos del oído medio: el martillo, el yunque y el estribo.
-¿Se te antoja ya el pescadito? -le preguntaba a Darío que llevaba tres días con sus noches de diarrea sin dormir ni comer.
Que si, me decía desfalleciente con la cabeza y yo, sin perder un segundo, bajando a tumbos la escalera corría a prepararle el pescado que le había comprado la víspera y que tenía descongelándose desde por la mañana en el fregadero de la cocina en espera de que quisiera comer: no estaba, desapareció.
-¿Y dónde está el pescado que dejé aquí -gritaba yo desde abajo como un loco, desesperado.
-Yo lo guardé -contestaba desde arriba la Loca- Está en la nevera.
Y en efecto, ahí estaba, vuelto una piedra, un mamut de la edad glacial. Sin que yo me hubiera dado cuenta, la Loca había bajado a la cocina y había metido el pescado al congelador.
-¿Y quién te mandó meterlo? -le increpaba desde abajo a la maldita vuelto una furia.
-Lo metí para que no se fuera a dañar -contestaba desde arriba la santa-. ¡Yo no sé qué va a ser de esta casa cuando me muera!
La Loca era más dañina que un sida. Sus infinitas manos de caos se extendían hasta los más perdidos rincones de la casa como el pulpo de Víctor Hugo en «Los Trabajadores del Mar». Era la encarnación viviente de las leyes de Murphy: todo en mi casa siempre podía salir mal porque para eso siempre estaba ahí ella, su incontrolable presencia. Así la mano incapaz de alargarse para apagar una lámpara metía solicita el pescado al congelador. Su mano era una pata. No bien acabe este recuento de desdichas, con la venía de Tomás de Aquino y Duns Scotto teólogos y de Kant filósofo, me voy a escribir un tratado de teología inspirado en ella: «Critica de la Maldad Pura». La Loca era el filo del cuchillo, el negror de lo negro, el ojo del huracán, la encarnación de Dios Diablo, y se había confabulado con su engendro del Gran Güevón para matar a mi hermano. Cuando no era ella la que metía el filosófico pescado al congelador se lo comía el engendro, que de tanto alzar pesas vivía hambreado. ¿Y para qué levantaba pesas Cristoloco? ¿Para pegarme a mi? ¡Que se atreviera! Y este su servidor apacible mantenía lista una varilla de hierro para enderezarle al forzudo sus torcidas intenciones cuando se le quisieran expresar.
(Fernando Vallejo- El desbarrancadero)
NARRADOR HOMODIEGÉTICO TESTIGO:
Así, pues, la apariencia física de fray Guillermo era capaz de atraer la atención del observador menos curioso. Su altura era superior a la de un hombre normal y, como era muy enjuto, parecía aún más alto. Su mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña infundía a su rostro una expresión vigilante, salvo en los momentos de letargo a los que luego me referiré. También la barbilla delataba una firme voluntad, aunque la cara alargada y cubierta de pecas -como a menudo observé en la gente nacida entre Hibernia y Northumbria- parecía expresar a veces incertidumbre y perplejidad. Con el tiempo me di cuenta de que no era incertidumbre sino pura curiosidad, pero al principio lo ignoraba casi todo acerca de esta virtud, a la que consideraba, más bien, una pasión del alma concupiscente y, por tanto, un alimento inadecuado para el alma racional, cuyo único sustento debía ser la verdad, que (pensaba yo) se reconoce en forma inmediata.
Lo primero que habían advertido con asombro mis ojos de muchacho eran unos mechones de pelo amarillento que le salían de las orejas, y las cejas tupidas y rubias. Podía contar unas cincuenta primaveras y por tanto era ya muy viejo, pero movía su cuerpo infatigable con una agilidad que a mí muchas veces me faltaba. Cuando tenía un acceso de actividad, su energía parecía inagotable. Pero de vez en cuando, como si su espíritu vital tuviese algo del cangrejo, se retraía en estados de inercia, y lo vi a veces en su celda, tendido sobre el jergón, pronunciando con dificultad unos monosílabos, sin contraer un solo músculo del rostro. En aquellas ocasiones aparecía en sus ojos una expresión vacía y ausente, y, si la evidente sobriedad que regía sus costumbres no me hubiese obligado a desechar la idea, habría sospechado que se encontraba bajo el influjo de alguna sustancia vegetal capaz de provocar visiones. Sin embargo, debo decir que durante el viaje se había detenido a veces al borde de un prado, en los límites de un bosque, para recoger alguna hierba (creo que siempre la misma), que se ponía a masticar con la mirada perdida. Guardaba un poco de ella, y la comía en los momentos de mayor tensión (¡que no nos faltaron mientras estuvimos en la abadía!). Una vez le pregunté qué era, y respondió sonriendo que un buen cristiano puede aprender a veces incluso de los infieles. Cuando le pedí que me dejara probar, me respondió que, como en el caso de los discursos, también en el de los simples hay paidikoi, ephebikoi, gynaikeioi y demás, de modo que las hierbas que son buenas para un viejo franciscano no lo son para un joven benedictino.
(Umberto Eco- El nombre de la Rosa)
NARRADOR HETERODIEGETICO OMNISCIENTE:
Luego, en voz baja y como si estuviera hablando consigo mismo:
-Es enojoso -prosiguió-. ¡Qué hallazgo para su majestad, que busca valientes de cualquier sitio para reclutar mosqueteros!
Acababa de terminar cuando D'Artagnan le alargó una furiosa estocada que, de no haber dado con presteza un salto hacia atrás, es probable que hubiera bromeado por última vez. El desconocido vio entonces que la cosa pasaba de broma, sacó su espada, saludó a su adversario y se puso gravemente en guardia. Pero en el
mismo momento, sus dos oyentes, acompañados del hostelero, cayeron sobre D'Artagnan a bastonazos, patadas y empellones. Lo cual fue una diversión tan rápida y tan completa en el ataque, que el adversario de D'Artagnan, mientras éste se volvía para hacer frente a aquella lluvia de golpes, envainaba con la misma precisión,y, de actor que había dejado de ser, se volvía de nuevo espectador del combate, papel
que cumplió con su impasibilidad de siempre, mascullando sin embargo:
-¡Vaya peste de gascones! ¡Ponedlo en su caballo naranja, y que se vaya!
-¡No antes de haberte matado, cobarde! -gritaba D'Artagnan mientras hacía frente lo
mejor que podía y sin retroceder un paso a sus tres enemigos, que lo molían a golpes.
-¡Una gasconada más! -murmuró el gentilhombre-. ¡A fe mía que estos gascones son incorregibles! ¡Continuad la danza, pues que lo quiere! Cuando esté cansado ya dirá que tiene bastante.
Pero el desconocido no sabía con qué clase de testarudo tenía que habérselas; D'Artagnan no era hombre que pidiera merced nunca. El combate continuó, pues, algunos segundos todavía; por fin, D'Artagnan, agotado dejó escapar su espada que un golpe rompió en dos trozos. Otro golpe que le hirió ligeramente en la frente, lo derribó casi al mismo tiempo todo ensangrentado y casi desvanecido.
En este momento fue cuando de todas partes acudieron al lugar de la escena. El hostelero, temiendo el escándalo, llevó con la ayuda de sus mozos al herido a la cocina, donde le fueron otorgados algunos cuidados.
(Alejandro Dumas - los tres mosqueteros)
NARRADOR HETERODIEGETICO INTERNO:
Oliveira le sonreía amablemente, tirando un poco para arrastrarla hacia la rue de Médicis.
—Usted es demasiado modesto, demasiado reservado —decía Berthe Trépat—. Hábleme de usted, vamos a ver. usted debe ser poeta, ¿verdad? Ah, también Valentin cuando éramos jóvenes... La «Oda Crepuscular«, un éxito en el Mercure de France... Una tarjeta de Thibaudet, me acuerdo como si hubiera llegado esta mañana. Valentin lloraba en la cama, para llorar siempre se ponía boca abajo en la cama, era conmovedor.
Oliveira trataba de imaginarse a Valentin llorando boca abajo en la cama, pero lo único que conseguía era ver a un Valentin pequeñito y rojo como un cangrejo, en realidad veía a Rocamadour llorando boca abajo en la cama y a la Maga tratando de ponerle un supositorio y Rocamadour resistiéndose y arqueándose, hurtando el culito a las manos torpes de la Maga. Al vejo del accidente también le habrían puesto algún supositorio en el hospital, era increíble la forma en que estaban de moda, habría que analizar filosóficamente esa sorprendente reinvindicación del ano, su exaltación a segunda boca, a algo que ya no se limita a excretar sino que absorbe y deglute los perfumados aerodinámicos pequeños obuses rosa verde y blanco. Pero Berthe Trépat no lo dejaba concentrarse, otra vez quería saber de la vida de Oliveira y le apretaba el brazo con una mano y a veces con las dos, volviéndose un poco hacia él con un gesto de muchacha que aún en plena noche lo estremecía. Bueno, él era un argentino que llevaba un tiempo en parís, tratando de... Vamos a ver, ¿qué era lo que trataba de? Resultaba espinoso explicarlo así de buenas a primeras. Lo que él buscaba era...
—La belleza, la exaltación, la rama de oro —dijo Berthe Trépat—. No me diga nada, lo adivino perfectamente. Yo también vine a parís desde Pau, hace ya algunos años, buscando la rama de oro. Pero he sido débil, joven, he sido... ¿Pero cómo se llama usted?
—Oliveira —dijo Oliveira
—Oliveira... Des olives, el Mediterráneo... Yo también soy del Sur, somos pánicos, joven, somos pánicos los dos. No como Valentin que es de Lille. Los del Norte, fríos como peces, absolutamente mercuriales. ¿Usted cree en la Gran Obra? Fulcanelli, usted me entiende... No diga nada, me doy cuenta de que es un iniciado. Quizá no alcanzó todavía las realizaciones que verdaderamente cuentan, mientras que yo.. Mire la Síntesis, por ejemplo. Lo que dijo Valentin es cierto, la radiestesia me mostraba las almas gemelas, y creo que eso se transparenta en la obra. ¿O no?
—Oh sí.
—Usted tiene mucho karma, se advierte enseguida... —la mano apretaba con fuerza, la artista ascendía a la meditación y para eso necesitaba apretarse contra Oliveira que apenas se resistía, tratando solamente de hacerla cruzar la plaza y entrar por la rue Soufflot. «Si me llegan a ver Etienne o Wong se va a armar una del demonio»,pensaba Oliveira.
(Capitulo 23- Rayuela- Julio Cortázar)
NARRADOR HETERODIEGÉTICO EXTERNO:
Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero.
«Me agarró toda la panocha -me dijo Divina Flor-. Era lo que hacía siempre cuando me encontraba sola por los rincones de la casa, pero aquel día no sentí el susto de siempre sino unas ganas horribles de llorar.» Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. «Entonces se acabó el pito del buque y empezaron a cantar los gallos -me dijo-. Era un alboroto tan grande, que no podía creerse que hubiera tantos gallos en el pueblo, y pensé que venían en el buque del obispo.» Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida Linero, para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia. Alguien que nunca fue identificado había metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta mucho después de que el crimen fue consumado.
Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando Santiago Nasar salió de su casa, varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque.
El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo. Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. «Ya parecía un fantasma», me dijo.
Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en periódicos, y Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos. Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa pero de buena índole», decía el sumario
(Crónica de una muerte anunciada- Gabriel García Márquez)
Yo me creo capaz de capear un temporal, de inyectar cianuro y de lidiar un sida, pero un sida con Loca no. Esa combinación no la maneja, como dicen en Colombia, «ni el Putas». «El Putas» sería el que fuera capaz y yo no soy. El Putas no existe pues, y si no que venga a probarlo en esta casa.
Yo bajaba y subía y bajaba y subía por esa escalera empinada de atrás de que les he hablado, donde unas veces abajo, otras arriba, se instalaba la Muerte a cagarse de risa viéndome bajar sábanas sucias que lavaba en la lavadora, que tendía al sol a secarse, y que volvía a subir para que la imparable diarrea del enfermo las volviera a ensuciar. Y el Papa, que es tan bueno, tan útil, tan santo, ¿dónde está que no viene a ayudar? Y maldecía del zángano impostor y su madre. Las carcajadas de la Muerte, pese al tiempo transcurrido, aún me retumban en los tres huesitos del oído medio: el martillo, el yunque y el estribo.
-¿Se te antoja ya el pescadito? -le preguntaba a Darío que llevaba tres días con sus noches de diarrea sin dormir ni comer.
Que si, me decía desfalleciente con la cabeza y yo, sin perder un segundo, bajando a tumbos la escalera corría a prepararle el pescado que le había comprado la víspera y que tenía descongelándose desde por la mañana en el fregadero de la cocina en espera de que quisiera comer: no estaba, desapareció.
-¿Y dónde está el pescado que dejé aquí -gritaba yo desde abajo como un loco, desesperado.
-Yo lo guardé -contestaba desde arriba la Loca- Está en la nevera.
Y en efecto, ahí estaba, vuelto una piedra, un mamut de la edad glacial. Sin que yo me hubiera dado cuenta, la Loca había bajado a la cocina y había metido el pescado al congelador.
-¿Y quién te mandó meterlo? -le increpaba desde abajo a la maldita vuelto una furia.
-Lo metí para que no se fuera a dañar -contestaba desde arriba la santa-. ¡Yo no sé qué va a ser de esta casa cuando me muera!
La Loca era más dañina que un sida. Sus infinitas manos de caos se extendían hasta los más perdidos rincones de la casa como el pulpo de Víctor Hugo en «Los Trabajadores del Mar». Era la encarnación viviente de las leyes de Murphy: todo en mi casa siempre podía salir mal porque para eso siempre estaba ahí ella, su incontrolable presencia. Así la mano incapaz de alargarse para apagar una lámpara metía solicita el pescado al congelador. Su mano era una pata. No bien acabe este recuento de desdichas, con la venía de Tomás de Aquino y Duns Scotto teólogos y de Kant filósofo, me voy a escribir un tratado de teología inspirado en ella: «Critica de la Maldad Pura». La Loca era el filo del cuchillo, el negror de lo negro, el ojo del huracán, la encarnación de Dios Diablo, y se había confabulado con su engendro del Gran Güevón para matar a mi hermano. Cuando no era ella la que metía el filosófico pescado al congelador se lo comía el engendro, que de tanto alzar pesas vivía hambreado. ¿Y para qué levantaba pesas Cristoloco? ¿Para pegarme a mi? ¡Que se atreviera! Y este su servidor apacible mantenía lista una varilla de hierro para enderezarle al forzudo sus torcidas intenciones cuando se le quisieran expresar.
(Fernando Vallejo- El desbarrancadero)
NARRADOR HOMODIEGÉTICO TESTIGO:
Así, pues, la apariencia física de fray Guillermo era capaz de atraer la atención del observador menos curioso. Su altura era superior a la de un hombre normal y, como era muy enjuto, parecía aún más alto. Su mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña infundía a su rostro una expresión vigilante, salvo en los momentos de letargo a los que luego me referiré. También la barbilla delataba una firme voluntad, aunque la cara alargada y cubierta de pecas -como a menudo observé en la gente nacida entre Hibernia y Northumbria- parecía expresar a veces incertidumbre y perplejidad. Con el tiempo me di cuenta de que no era incertidumbre sino pura curiosidad, pero al principio lo ignoraba casi todo acerca de esta virtud, a la que consideraba, más bien, una pasión del alma concupiscente y, por tanto, un alimento inadecuado para el alma racional, cuyo único sustento debía ser la verdad, que (pensaba yo) se reconoce en forma inmediata.
Lo primero que habían advertido con asombro mis ojos de muchacho eran unos mechones de pelo amarillento que le salían de las orejas, y las cejas tupidas y rubias. Podía contar unas cincuenta primaveras y por tanto era ya muy viejo, pero movía su cuerpo infatigable con una agilidad que a mí muchas veces me faltaba. Cuando tenía un acceso de actividad, su energía parecía inagotable. Pero de vez en cuando, como si su espíritu vital tuviese algo del cangrejo, se retraía en estados de inercia, y lo vi a veces en su celda, tendido sobre el jergón, pronunciando con dificultad unos monosílabos, sin contraer un solo músculo del rostro. En aquellas ocasiones aparecía en sus ojos una expresión vacía y ausente, y, si la evidente sobriedad que regía sus costumbres no me hubiese obligado a desechar la idea, habría sospechado que se encontraba bajo el influjo de alguna sustancia vegetal capaz de provocar visiones. Sin embargo, debo decir que durante el viaje se había detenido a veces al borde de un prado, en los límites de un bosque, para recoger alguna hierba (creo que siempre la misma), que se ponía a masticar con la mirada perdida. Guardaba un poco de ella, y la comía en los momentos de mayor tensión (¡que no nos faltaron mientras estuvimos en la abadía!). Una vez le pregunté qué era, y respondió sonriendo que un buen cristiano puede aprender a veces incluso de los infieles. Cuando le pedí que me dejara probar, me respondió que, como en el caso de los discursos, también en el de los simples hay paidikoi, ephebikoi, gynaikeioi y demás, de modo que las hierbas que son buenas para un viejo franciscano no lo son para un joven benedictino.
(Umberto Eco- El nombre de la Rosa)
NARRADOR HETERODIEGETICO OMNISCIENTE:
Luego, en voz baja y como si estuviera hablando consigo mismo:
-Es enojoso -prosiguió-. ¡Qué hallazgo para su majestad, que busca valientes de cualquier sitio para reclutar mosqueteros!
Acababa de terminar cuando D'Artagnan le alargó una furiosa estocada que, de no haber dado con presteza un salto hacia atrás, es probable que hubiera bromeado por última vez. El desconocido vio entonces que la cosa pasaba de broma, sacó su espada, saludó a su adversario y se puso gravemente en guardia. Pero en el
mismo momento, sus dos oyentes, acompañados del hostelero, cayeron sobre D'Artagnan a bastonazos, patadas y empellones. Lo cual fue una diversión tan rápida y tan completa en el ataque, que el adversario de D'Artagnan, mientras éste se volvía para hacer frente a aquella lluvia de golpes, envainaba con la misma precisión,y, de actor que había dejado de ser, se volvía de nuevo espectador del combate, papel
que cumplió con su impasibilidad de siempre, mascullando sin embargo:
-¡Vaya peste de gascones! ¡Ponedlo en su caballo naranja, y que se vaya!
-¡No antes de haberte matado, cobarde! -gritaba D'Artagnan mientras hacía frente lo
mejor que podía y sin retroceder un paso a sus tres enemigos, que lo molían a golpes.
-¡Una gasconada más! -murmuró el gentilhombre-. ¡A fe mía que estos gascones son incorregibles! ¡Continuad la danza, pues que lo quiere! Cuando esté cansado ya dirá que tiene bastante.
Pero el desconocido no sabía con qué clase de testarudo tenía que habérselas; D'Artagnan no era hombre que pidiera merced nunca. El combate continuó, pues, algunos segundos todavía; por fin, D'Artagnan, agotado dejó escapar su espada que un golpe rompió en dos trozos. Otro golpe que le hirió ligeramente en la frente, lo derribó casi al mismo tiempo todo ensangrentado y casi desvanecido.
En este momento fue cuando de todas partes acudieron al lugar de la escena. El hostelero, temiendo el escándalo, llevó con la ayuda de sus mozos al herido a la cocina, donde le fueron otorgados algunos cuidados.
(Alejandro Dumas - los tres mosqueteros)
NARRADOR HETERODIEGETICO INTERNO:
Oliveira le sonreía amablemente, tirando un poco para arrastrarla hacia la rue de Médicis.
—Usted es demasiado modesto, demasiado reservado —decía Berthe Trépat—. Hábleme de usted, vamos a ver. usted debe ser poeta, ¿verdad? Ah, también Valentin cuando éramos jóvenes... La «Oda Crepuscular«, un éxito en el Mercure de France... Una tarjeta de Thibaudet, me acuerdo como si hubiera llegado esta mañana. Valentin lloraba en la cama, para llorar siempre se ponía boca abajo en la cama, era conmovedor.
Oliveira trataba de imaginarse a Valentin llorando boca abajo en la cama, pero lo único que conseguía era ver a un Valentin pequeñito y rojo como un cangrejo, en realidad veía a Rocamadour llorando boca abajo en la cama y a la Maga tratando de ponerle un supositorio y Rocamadour resistiéndose y arqueándose, hurtando el culito a las manos torpes de la Maga. Al vejo del accidente también le habrían puesto algún supositorio en el hospital, era increíble la forma en que estaban de moda, habría que analizar filosóficamente esa sorprendente reinvindicación del ano, su exaltación a segunda boca, a algo que ya no se limita a excretar sino que absorbe y deglute los perfumados aerodinámicos pequeños obuses rosa verde y blanco. Pero Berthe Trépat no lo dejaba concentrarse, otra vez quería saber de la vida de Oliveira y le apretaba el brazo con una mano y a veces con las dos, volviéndose un poco hacia él con un gesto de muchacha que aún en plena noche lo estremecía. Bueno, él era un argentino que llevaba un tiempo en parís, tratando de... Vamos a ver, ¿qué era lo que trataba de? Resultaba espinoso explicarlo así de buenas a primeras. Lo que él buscaba era...
—La belleza, la exaltación, la rama de oro —dijo Berthe Trépat—. No me diga nada, lo adivino perfectamente. Yo también vine a parís desde Pau, hace ya algunos años, buscando la rama de oro. Pero he sido débil, joven, he sido... ¿Pero cómo se llama usted?
—Oliveira —dijo Oliveira
—Oliveira... Des olives, el Mediterráneo... Yo también soy del Sur, somos pánicos, joven, somos pánicos los dos. No como Valentin que es de Lille. Los del Norte, fríos como peces, absolutamente mercuriales. ¿Usted cree en la Gran Obra? Fulcanelli, usted me entiende... No diga nada, me doy cuenta de que es un iniciado. Quizá no alcanzó todavía las realizaciones que verdaderamente cuentan, mientras que yo.. Mire la Síntesis, por ejemplo. Lo que dijo Valentin es cierto, la radiestesia me mostraba las almas gemelas, y creo que eso se transparenta en la obra. ¿O no?
—Oh sí.
—Usted tiene mucho karma, se advierte enseguida... —la mano apretaba con fuerza, la artista ascendía a la meditación y para eso necesitaba apretarse contra Oliveira que apenas se resistía, tratando solamente de hacerla cruzar la plaza y entrar por la rue Soufflot. «Si me llegan a ver Etienne o Wong se va a armar una del demonio»,pensaba Oliveira.
(Capitulo 23- Rayuela- Julio Cortázar)
NARRADOR HETERODIEGÉTICO EXTERNO:
Santiago Nasar atravesó a pasos largos la casa en penumbra, perseguido por los bramidos de júbilo del buque del obispo. Divina Flor se le adelantó para abrirle la puerta, tratando de no dejarse alcanzar por entre las jaulas de pájaros dormidos del comedor, por entre los muebles de mimbre y las macetas de helechos colgados de la sala, pero cuando quitó la tranca de la puerta no pudo evitar otra vez la mano de gavilán carnicero.
«Me agarró toda la panocha -me dijo Divina Flor-. Era lo que hacía siempre cuando me encontraba sola por los rincones de la casa, pero aquel día no sentí el susto de siempre sino unas ganas horribles de llorar.» Se apartó para dejarlo salir, y a través de la puerta entreabierta vio los almendros de la plaza, nevados por el resplandor del amanecer, pero no tuvo valor para ver nada más. «Entonces se acabó el pito del buque y empezaron a cantar los gallos -me dijo-. Era un alboroto tan grande, que no podía creerse que hubiera tantos gallos en el pueblo, y pensé que venían en el buque del obispo.» Lo único que ella pudo hacer por el hombre que nunca había de ser suyo, fue dejar la puerta sin tranca, contra las órdenes de Plácida Linero, para que él pudiera entrar otra vez en caso de urgencia. Alguien que nunca fue identificado había metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo, y le revelaban además el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de la confabulación. El mensaje estaba en el suelo cuando Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor ni lo vio nadie hasta mucho después de que el crimen fue consumado.
Habían dado las seis y aún seguían encendidas las luces públicas. En las ramas de los almendros, y en algunos balcones, estaban todavía las guirnaldas de colores de la boda, y hubiera podido pensarse que acababan de colgarlas en honor del obispo. Pero la plaza cubierta de baldosas hasta el atrio de la iglesia, donde estaba el tablado de los músicos, parecía un muladar de botellas vacías y toda clase de desperdicios de la parranda pública. Cuando Santiago Nasar salió de su casa, varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque.
El único lugar abierto en la plaza era una tienda de leche a un costado de la iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para matarlo. Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. «Ya parecía un fantasma», me dijo.
Los hombres que lo iban a matar se habían dormido en los asientos, apretando en el regazo los cuchillos envueltos en periódicos, y Clotilde Armenta reprimió el aliento para no despertarlos. Eran gemelos: Pedro y Pablo Vicario. Tenían 24 años, y se parecían tanto que costaba trabajo distinguirlos. «Eran de catadura espesa pero de buena índole», decía el sumario
(Crónica de una muerte anunciada- Gabriel García Márquez)
jueves, 24 de abril de 2014
Ejemplos de Hipérbaton
Les dejo a continuación tres ejemplos del ejercicio de esta semana hechos por su profesor.
- Se arman con palabras, crucifijos y aparente indiferencia
Arman: Verbo
Palabras: sustantivo
Crucifijos: sustantivo
aparente: Adjetivo
indiferencia: sustantivo
Arman: Verbo
Palabras: sustantivo
Crucifijos: sustantivo
aparente: Adjetivo
indiferencia: sustantivo
-
Palabreros se crucifican con
armas y aparente indiferencia
-
Los indiferentes se crucifican
con armas y palabras
-
Las palabras arman el crucifijo
de la indiferencia
-
Las palabras aparentan ser
crucifijos, armas de la indiferencia
-
Los crucifijos aparentan ser
palabras indiferentes
-
Las palabras se crucifican ante
la indiferencia de las armas
-
Las palabras se crucifican ante
la indiferencia de la apariencia
-
La apariencia se crucifica ante
la indiferencia de las palabras
-
Las palabras y las apariencias arman crucifijos de indiferencia
-
La indiferencia aparenta ser un
crucifijo y una palabra
Las palabras arman crucifijos de apariencia
Las palabras arman crucifijos de apariencia
- Le encantaba mirar su trasero redondo y sonrosado
Encantaba: Verbo
mirar: Verbo
Trasero: sustantivo
redondo: Adjetivo
sonrosado: Adjetivo
-
El redondo mira el trasero
encantador y sonrosado
-
El trasero redondo y sonrosado
encantaba al mirador
-
El Sonrosado redondea el
trasero mirador encantado
-
El encantador de miradas hace
sonrosar a su redondo trasero
-
El encantador de traseros
redondea su mirada
-
El mirador sonrosado redondea
su trasero encantador
-
El sonrosado mira el redondo y
encantador trasero
-
El trasero encantador sonrojea
al mirador
-
El trasero encantado es mirado
por un redondo sonrojado
-
El mirador de traseros es
encantado por aquel redondo y sonrojado
- El espejo le mostró la sombra de su delirio
aterrador
Espejo: Sustantivo
Mostrar: Verbo
Sombra: Sustantivo
Delirio: Sustantivo
Aterrador: Adjetivo
Espejo: Sustantivo
Mostrar: Verbo
Sombra: Sustantivo
Delirio: Sustantivo
Aterrador: Adjetivo
-
- Un delirante espejo le mostró su
sombra aterradora
-
La sombra de su delirio aterro
a su espejo del mostrador
-
La aterrorizada sombra se
mostró ante el delirante espejo
-
El espejo del mostrador le
aterroriza más que su sombra delirante
-
La sombra del terror se
mostraba a través de un delirante espejo
-
Un delirio aterrador se muestra
ante el espejo y su sombra
-
La sombra delira con espejos
terribles
-
Los espejos deliran con sombras
terribles
-
La terrible sombra del espejo
muestra su delirio
-
Aquel delirio aterrorizaba a la
sombra del espejo
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