(Por: Ricardo Piglia) I Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento. Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias. II El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie. III IV V No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento. Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento. VI La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión. VII ¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera. VIII La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador. IX La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chejov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino. X Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar. XI Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento. |
lunes, 4 de mayo de 2015
Tesis sobre el cuento
domingo, 3 de mayo de 2015
Diles que no me maten!
-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
FIN
domingo, 19 de abril de 2015
Los libros y la noche
Un interesante documental sobre la vida y obra de uno de los más grandes escritores de Latinoamerica: Jorge Luis Borges. Una reflexión que camina algunos de los senderos de sus cuentos y poemas.
sábado, 18 de abril de 2015
Diario de un Cazador Rural
(Por: Luz Victoria Llano)
Me siento en el suelo y miro a mi alrededor. Acabo de entrar por la portada, que se encuentra en el claro del bosque. No parece haber nada peligroso o amenazador en el paisaje y, sin embargo, me siento inquieta. Los árboles son inmensos y tienen formas extrañas, de raíces torcidas, y ramas que se entrelazan entre ellas formando intrincados diseños; hay arbustos que alcanzan varios metros de altura y enormes y bellísimas flores cuyos pétalos se abren en ángulos y siluetas inverosímiles, sus olores me envuelven en embriagadores perfumes.
Todo es muy diferente a lo que yo conozco y, no obstante, no siento nada anormal en aquel lugar. Es como si la naturaleza hubiera encontrado de pronto la inspiración y la fuerza necesaria para llevar a cabo sus más atrevidas quimeras. Tengo en cuenta la enorme cantidad de energía que vibra en el ambiente.
No es de extrañar que, en mi soledad, me acompañen personas del pasado, con las que he compartido momentos tan felices en estas montañas.
El bosque me sorprende, al ver que algo se mueve entre las ramas más altas. Sobresaltada vi a lo lejos volar "la soledad", sus colores brillan al sol con visos azul profundo, recorriendo su cuerpo la gama colorida entre el azul claro,el aguamarina y el amarillo. Parece que en ella se funde el cielo azul, el agua cristalina de la quebrada que corre bajo mis pies y los rayos dorados del sol. La miro volar y busco instintivamente su pareja, nunca vuelan solas siempre tienen en una rama cercana, su compañero. Es la soledad del amor verdadero, de la independencia que deben tener los amantes, que se aman en el respeto y la libertad. Es estar tan cerca, como para sentirse uno al lado del otro, y tan lejos como para poder realizar su propia vida.
Oigo otro ruido mas intenso que desvía mi atención a las ramas de los árboles que surcan el camino de la entrada. Sólo resulta ser el ruido de un animal, probablemente un pájaro. Sonrio nerviosa, y continúo mi camino. El ruido aumenta y me hace detener, es tan fuerte que me impide oír los demás sonidos de la naturaleza...es una guacharaca. Si, parecen gallinas grandes, que bajan del monte buscando la comida que les arrebató, la tala inclemente de árboles.
Sigo caminando, el claro no esta muy lejos del límite del bosque. Los árboles se abren un poco más allá y dejan entrever las formas suaves de una llanura, iluminada por el sol.
Camino hasta la orilla de la quebrada y allí observo los bellos peces de la región que brincan a la superficie, permitiéndome admirar su arco iris de colores.
Veo un punto en el horizonte...contengo el aliento.
Contra el cielo, se recorta la alta figura cónica de una torre, una torre de sólidos cimientos, acaba, sin embargo, en un esbelto picacho que parece pinchar la más grande de las nubes.
Se encuentra demasiado lejos como para poderse apreciar los detalles de la estructura, pero a primera vista me parece hermosa e imponente.No obstante, había algo en ella, en su silueta, que me resultaba familiar.
Es una torre de comunicación.
Salgo al camino veredal, a la derecha encuentro la casa solariega de muchas habitaciones que existe hace casi un siglo, sus habitantes recorren los bosques cercanos, sin interrelacionarse con los vecinos. A la izquierda un sembrado de hortensias, que cubre el perfil de la montaña con su color peculiar.
Camino y me encuentro con los perros del vecindario, se acercan amistosos reconociendo mi olor familiar.
Un pequeño puente cruza la quebrada, que me acompaña desde el principio del camino. Regreso, las orquídeas de brillantes colores, la enrredarera " ojo de poeta, cubre agresivamente los árboles nativos a la orilla de camino, las portadas y los linderos sembrados de bambú me impiden ver más allá. Estoy sola en paz conmigo misma y con mi alrededor. Camino de regreso a casa.
lunes, 6 de abril de 2015
Monologo de Sócrates Muñoz
(Por: Gladys Montes)
Debo hacerlo. Qué descontrol, qué necesidad la de actuar pronto, ¿cómo? No sé, pero debo decidir, qué es lo mejor para mí, a que me expongo, pierdo mi comodidad Ring, ring…que suene ese teléfono las veces que quiera. No voy a contestar. Debo concentrarme. ¿Qué decía? Ah, sí. ¿Por dónde sigo? Dejar la universidad, la casa de mis tíos, mis amigos, mi gimnasio. Y Elisa, y Juan, otra vez el maldito teléfono. Voy a desconectarlo. Que se joda quien llama. Elisa…me gusta, pero la veo lejana, tan especial, su figura, su queridura conmigo, si, no, a veces creo que puedo. Llega el momento y me aparto. Qué horror! Algo me lo impide, no se qué es, intento, intento y no me decido. ¿Y Juan? Me atrae, voy al gimnasio y no dejo de mirarlo, su cuerpo, su agilidad, parece un felino, pero tampoco puedo hacer nada. No sé si yo le agrade, me parece indiferente. Toc, toc, carajo quien llama a la puerta. No abro. Me cuesta trabajo todo. Mis tíos, qué voy a decirles, les causo un disgusto enorme, yo que soy como un hijo de ellos. Ya están viejos, creo que me necesitan pero mi vida, me estanco o sigo adelante, qué camino seguir, hay muchos, busco y busco, falta decidirme. Aplico a la beca, trabajo a en Medellín, viajo a Europa, a París, allí vive mi amiga Marcela, me escribe. Hay trabajo para un profesor de español. Puedo hacerlo. Me encantaría….Pero cómo decidirme, cómo aclaro estas disyuntivas, qué difícil me parece todo!. Necesito ir paso a paso. La premura me agobia. Siento cómo una roca enorme. Va a caer sobre mí. La evito, pero no podré hacerlo siempre. Va a terminar por aplastarme? No. Quiero luchar, necesito aclarar mis dudas, descifrar mis enigmas, ahuyentar mis fantasmas. Me asustan, tengo pesadillas de noche, los veo bajo muchas formas diferentes, un ángel, satanás, Sofía Loren, George Clooney, Elisa, Juan, qué tropel, qué indecisión. A veces huyo…, me escondo, me quedo quieto, creo que deliro, hablo solo, gesticulo solo, parece que voy a enloquecer. Oigo ruidos extraños, la roca que empieza a moverse, se acerca, debo hacerle el quite. Me aplasta, casi, me hago a un lado. Vivo, vivo, no puedo creerlo. Es un aviso, algo debo hacer, pronto, ya, ahora mismo. Pero algo me detiene, estoy solo, suena el reloj, tic, tac, sonidos. Es tarde, no encuentro nada abierto; mañana debo decidir. De repente pienso en mis padres, donde estén quiero que me ayuden. Qué falta me hacen, los añoro. Suena la llave de la puerta, llegan mis tíos, los saludo, termina mi pesadilla de hoy.
Las penas del Joven Werther
1 de diciembre
¡Oh, Guillermo! Ese hombre de que te he hablado, ese desdichado feliz,
tenía un empleo en casa del padre de Carlota y una desgraciada pasión
que concibió por ella, ¡por ella!, pasión que ocultó mucho tiempo y que
al fin descubrió, lo hizo perder el juicio. Éste ha sido el origen de su
locura. Estas pocas palabras, llenas de sequedad, pueden hacer que
entiendas lo que esta historia me habrá trastornado, cuando Alberto me
la contó con la frialdad con que quizá tú la leerás.
4 de diciembre
Te imploro piedad de mí, porque esto es hecho; ya no podré soportar
más tiempo la situación. Hoy estaba sentado cerca de ella, que tocaba
diferentes melodías en su clave, con un semblante… ¡Con un
semblante! ¿Cómo podría describirla para ti? La más pequeña de sus
hermanas jugaba con sus muñecas sobre mis rodillas. De pronto, se me
salieron las lágrimas y bajé la cabeza; vi entonces en su dedo el anillo
de boda y mi llanto fue más abundante. En aquel mismo instante
comenzó a tocar la antigua melodía que tanta impresión me provocaba
y mi corazón sintió una especie de consuelo, recordando el tiempo en
que aquella música había herido mis oídos con placer; tiempo de
felicidad en que las penas no abundaban; horas de esperanza que
pronto huyeron. Me levanté y comencé a pasearme por la habitación sin
orden. Me ahogaba.
-¡Basta -dije-; basta por Dios!
Carlota se detuvo y me miró interrogante.
-Werther -dijo con una sonrisa que me traspasó el corazón-, muy malo
debes estar cuando tu música predilecta te desgarra así. Retírate, te lo
suplico, y trata de recuperar la calma.
Me separé de ella y… ¡Dios mío! Tú que ves mi sufrimiento, tú debes
terminarlo.
6 de diciembre
Su imagen me persigue: que duerma o que vele, ella sola llena toda mi
alma. Cuando cierro los ojos, en el cerebro, donde se halla la potencia
de la vista, distingo con claridad sus ojos negros. No puedo explicarme
esto. Me duermo y los veo también: siempre están ahí, fascinantes como
el abismo. Todo mi ser, todo, no puede separarse de ellos.
¿Qué es el hombre, ese semidiós ensalzado? ¿No le falta la fuerza
cuando más la necesita? Y cuando abre las alas en el cielo de los
placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se
ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y
pequeño, él, que esperaba perderse en el infinito?
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